‘Sexo, mentiras y cintas de vídeo’: esto es lo que hace el porno en el cerebro de tu hijo adolescente

Si antaño se hacían toda clase de triquiñuelas para acceder a la página impresa de una revista erótica que mostrase algún desnudo, hoy a tan solo un golpe de clic cualquier persona con smartphone y conexión a Internet puede acceder a una infinidad de pornografía online gratuita.

«Creo que realmente destruyó mi cerebro», dijo la cantante Billie Eilish al relatar como comenzó a ver vídeos sexuales con 11 años. ¿Qué efectos tiene la exposición prolongada al porno entre adolescentes e incluso niños de edades cada vez más tempranas?

Aunque los estudios difieren en algunos de sus efectos, los expertos tienen claro que el porno no debe ser el reemplazo de una educación sexual apropiada—que según la propia UNESCO debe abarcar temas como derechos humanos, sexualidad, igualdad de género, pubertad, relaciones sexuales y salud reproductiva—.

En primer lugar, y aunque el porcentaje puede variar según el país, se estima que 7 de cada 10 adolescentes han visto porno. El informe de Save The Children titulado (Des)información sexual: pornografía y adolescencia apunta a que ven pornografía por primera vez a los 12 años y a que el 68,2% consumen estos contenidos sexuales de forma frecuente. 

Aunque los estudios difieren en algunos de sus efectos, los expertos tienen claro que el porno no debe ser el reemplazo de una educación sexual apropiada—que según la propia UNESCO debe abarcar temas como derechos humanos, sexualidad, igualdad de género, pubertad, relaciones sexuales y salud reproductiva—.

En primer lugar, y aunque el porcentaje puede variar según el país, se estima que 7 de cada 10 adolescentes han visto porno. El informe de Save The Children titulado (Des)información sexual: pornografía y adolescencia apunta a que ven pornografía por primera vez a los 12 años y a que el 68,2% consumen estos contenidos sexuales de forma frecuente. 

Este neurotransmisor, considerado una de las hormonas de la felicidad, se ve afectado por un fenómeno de tolerancia. Para conseguir producir el mismo chute de dopamina se precisan mayores dosis de pornografía o contenidos cada vez más extremos.

Dicho de otra manera, el usuario quiere cada vez una satisfacción más inmediata y mayor que la anterior, y esto le lleva a un consumo más compulsivo que altera el circuito de recompensa. Además, el cerebro incentiva la repetición de la conducta, mermando el autocontrol y aumentando la sensación de dependencia.

La adicción que puede generar la pornografía es igual a la de una droga: así lo averiguó un estudio pionero en su campo llevado a cabo por la Universidad de Cambridge en 2014 al escanear los cerebros de hombres jóvenes que había informado tener hábitos compulsivos de pornografía.

El área cerebral del procesamiento de recompensas se mostró más activa que en el del grupo de control. Aunque en el momento del estudio todos eran mayores de edad, los primeros afirmaron haber comenzado a ver porno con 13 años, mientras que los segundos, con 17.

Salud mental (y sexual) deteriorada

La adicción a la pornografía genera cambios químicos en el cerebro que pueden derivar en problemas muy diversos como la ansiedad, el estrés, la dificultad de concentración, la irritabilidad y los cambios de humor, la apatía, la tendencia a la procrastinación, la depresión y la falta de motivación.

Una investigación realizada en el año 2014 por el Instituto Max Planck de Berlín (Alemania) también averiguó que el exceso de pornografía puede alterar la estructura del cerebro, reduciendo la cantidad de materia gris en el lóbulo derecho.

Por otro lado, el daño neurológico relacionado con la dependencia del porno puede tener implicaciones en la salud sexual: algunos adictos a la pornografía pueden sufrir disfunciones (desde problemas de pareja a disfunción eréctil) y no gozar de su sexualidad plenamente.

Más papeletas de tener conductas sexuales agresivas y de riesgo

Aunque falta mucha más investigación sobre la mesa, varios autores han encontrado un vínculo entre la exposición a la pornografía y las relaciones sexuales sin preservativo en los adolescentes. Otras investigaciones solo han constatado esta asociación en población adulta, pero no en los menores.

Desde The Conversation también citan estudios que sugieren que los jóvenes que ven pornografía violenta podrían «presentar más conductas sexuales agresivas y una mayor aceptación de la violencia en el noviazgo», aunque recalcan que es precisa más evidencia empírica para unos resultados concluyentes.

La solución pasa por más educación sexual

Los psicólogos dicen que es importante hablar con los niños y adolescentes sobre la pornografía sin que se sientan avergonzados, y fomentando una sexualidad consciente y sana en lugar de seguir perpetuando los tabúes.

No obstante, recomiendan activar sistemas de control parental para impedir que los pequeños accedan a contenido para el cual que no están preparados.

Además, la UNESCO sugiere que la educación sexual tenga un carácter obligatorio: hay análisis que la relacionan con conductas más saludables, un retraso en el inicio de las relaciones sexuales y un mejor uso de los métodos anticonceptivos en las primeras relaciones sexuales. En definitiva, menos estigma y más información.

«La educación sexual es una necesidad y revisar sus contenidos, una obligación para nuestra contribución a una sociedad saludable sexualmente», dice en este artículo Fátima León Larios, Profesora de Enfermería en la Salud Reproductiva de la Universidad de Sevilla.

Deja una respuesta