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El peligro de los padres que viven a través de sus hijos

Algunos padres viven a través de sus hijos, coartando su libertad y cargándoles con pesos que no les corresponden. Te contamos qué secuelas pueden producir esta actitud.

Hay quien afirma que las actuales generaciones de jóvenes son egoístas por no escoger la paternidad o la maternidad como caminos de vida. Y, sin embargo, tal vez lo que sucede es que son más conscientes. Conscientes de que criar a otro ser humano es una enorme responsabilidad para la que se requiere una importante dosis de madurez emocional. Si esta no está presente, nos encontraremos con padres que viven a través de sus hijos.

Esta es una realidad que muchos adultos han sufrido en carne propia y muchos menores siguen experimentando hoy en día. Progenitores que diseñan el futuro de sus hijos, que toman por ellos las decisiones o les cargan con el peso de su felicidad. Estas actitudes dan lugar a dinámicas disfuncionales que nos dañan profundamente y de las que, a veces, no conseguimos librarnos nunca.

Un hijo no es una extensión de sus padres

Es cierto que los hijos son el resultado de lo que, como padres, les transmitimos; que su personalidad y sus actitudes son el fruto de la labor de crianza que llevamos a cabo. Sin embargo, no podemos considerarlos nuestra carta de presentación ante el mundo. 



Algunos progenitores, por adoptar esta asunción, depositan unas exigencias imposibles sobre sus hijos. Esperan de ellos comportamientos ejemplares, éxitos y logros en todas las áreas de su vida; y no como una búsqueda de la felicidad del menor, sino por la imagen que este proyecta de ellos ante los demás.

De algún modo, consideran que la vida de sus hijos refleja su valía como padres y como personas, y colocan así un peso difícil de soportar. Desde niños, se les pide ser tranquilos, dóciles y obedientes, comportarse como adultos en miniatura y renunciar al ruido, las risas y las travesuras propias de la infancia.

A medida que crecen, las presiones se traducen en innumerables actividades extraescolares, campamentos, clases y eventos a los que el menor no necesariamente desea asistir, pero con los que debe cumplir para adaptarse a ese prototipo socialmente perfecto.

Los errores no son comprendidos sino sancionados y la libertad para decidir y experimentar brilla por su ausencia. El guion está marcado desde el inicio y el único camino disponible para ellos es seguirlo.

Padres que viven a través de sus hijos

En otros casos, esta presión no proviene de una búsqueda de perfección, sino del deseo de que los hijos vivan las vidas que los progenitores consideran correctas. En ocasiones, esto se traduce en la obligación de seguir los pasos de esos adultos: continuar con el negocio familiar, desarrollar la misma trayectoria profesional que los padres o adoptar el mismo estilo de vida. Cualquier transgresión respecto a estos mandatos, fruto de la elección personal, es vivida como una falta de lealtad.

En otros casos, por el contrario, se pretende que ese hijo cumpla los sueños frustrados de quienes le dieron la vida. Se le insta entonces a experimentar todo aquello a lo que sus padres no tuvieron acceso, aunque no sea en absoluto lo que él o ella quieren o necesitan, pues es un modo personal de resarcirse.

Incluso, puede darse el caso de que las dos situaciones anteriores convivan, creando un auténtico estado de confusión: quiero que estudies una carrera (ya que yo no pude) y que seas profesionalmente ambicioso (ya que yo tuve que dejar mis sueños para formar una familia), pero al mismo tiempo te culpo por tener esas oportunidades.

El peso de cargar con la felicidad ajena

En definitiva, los padres que viven a través de sus hijos les cargan con el peso de su propia felicidad. Su bienestar depende de que sus hijos triunfen, se comporten o cumplan con sus expectativas. Si ese hijo falla, o simplemente decide por sí mismo, se sienten afectados de forma personal. Incluso, en ocasiones, si ese hijo decide formar su propia vida lejos del hogar paterno, lo experimentan como una traición o un abandono.

Sea cual sea el caso, vivimos a través de nuestros hijos siempre que depositamos en ellos expectativas propias, olvidando su individualidad y ligando su destino a nuestros deseos. Lo hacemos cuando interferimos en sus relaciones personales (incluso de adultos), cuando juzgamos sus elecciones, preferencias e intereses o los sobreprotegemos hasta el punto de hacerlos dependientes.

Elena Sanz.

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